¿Ser o tener un cuerpo?

«Habitar mejor el propio cuerpo» es uno de los efectos más gratificantes del masaje terapéutico Shiatsu, tanto para el terapeuta como para quien lo recibe. Algunas personas comprenden la frase de inmediato; otras son menos sensibles a ella, así que me aventuro a explicarla sin que parezca una tesis de filosofía.

Al principio de este invierno, una mujer activa de unos cincuenta años acudió a mi consulta de Shiatsu. Tras haberse sometido a varias intervenciones médicas por cálculos renales, presentaba:

  • una tristeza ligada a procesos de duelo,
  • tensiones cervicales crónicas,
  • pequeños desajustes en su ciclo,
  • y temor al frío y a la humedad.

La acumulación de estos síntomas la debilitaba y la afectaba profundamente.

Tras dos meses de seguimiento regular, el balance fue claro: la paciente «se siente mejor», a pesar de que el invierno, especialmente frío y lluvioso, aún no ha terminado. A esto se sumaron contratiempos personales durante este periodo y la recurrencia de sus tensiones cervicales debido a su trabajo… Lo que ha cambiado, ante todo, es una mayor sensibilidad hacia su propio cuerpo y la calma que esto conlleva.

Pasaron dos meses más y llegó la primavera. Las sesiones se distanciaron y la paciente acudió en mucha mejor forma. Se ha acostumbrado a este «momento para sí misma» y reconoce claramente sus beneficios y su necesidad.

Recibir Shiatsu no la ha trasladado a un cuerpo ideal y sin síntomas, sino que simplemente la ha anclado en el cuerpo vivo que la acompaña desde su primer día. Siente un alivio profundo. Me permito escribirlo porque ella misma me lo dijo.

En mi práctica no faltan ejemplos que subrayan la importancia de la relación entre cuerpo y mente, y la eficacia del Shiatsu para permitir que una persona se reapropie de su cuerpo y del inmenso potencial que este le ofrece… Lejos de la falsa promesa de una curación mágica, el Shiatsu es, ante todo, un acompañamiento; una mediación entre dos aspectos de una misma persona: lo mental y lo físico.

El cuerpo-objeto domina en Occidente

Mucho se ha escrito sobre la concepción occidental del cuerpo, presentado por Descartes como «una máquina de tierra», y los excesos derivados de este enfoque materialista. Admitamos, para empezar, que esta lectura ha permitido grandes avances en la salud humana. La comprensión mecánica y química del cuerpo, así como de su entorno, ha conjurado tantas epidemias, dolores y muertes prematuras…

En contrapartida, este conocimiento del «cuerpo objeto» ha desarrollado una ilusión de omnipotencia de la mente, compartida tanto por algunos profesionales de la salud como por algunos pacientes. Todo parece posible gracias al progreso médico. Llevado al extremo, este razonamiento desemboca en el «transhumanismo» que fascina a los más poderosos.

De forma mucho más común, grupos sociales enteros descuidan las reglas elementales de higiene de vida: descanso, alimentación sana o ejercicio físico… A menudo por deber, a veces por elección, agotan su cuerpo y esperan que los profesionales «reparen» las consecuencias de este estilo de vida. Frente a ellos, médicos cada vez más especializados y sometidos a la presión de este consumismo. Dotados de medios siempre más eficaces, los profesionales responden a la demanda del momento y se centran en el detalle de la patología, sin siempre inscribirla en un marco más amplio: el bienestar de la persona. Así es como se desarrolla el divorcio cuerpo-mente y los trastornos que este genera.

Haciéndole justicia, el propio Descartes advertía a sus contemporáneos contra esta deriva: «No estoy solamente alojado en mi cuerpo como un piloto en su navío». Es decir, la mente no se extrae absolutamente del cuerpo.

El cuerpo-sujeto del pensamiento oriental

La relación cuerpo-mente se describe de forma muy distinta en el pensamiento asiático, especialmente en el marco del taoísmo. Esta visión ancestral define el Qi como un flujo universal que rige lo vivo y, por tanto, al individuo humano. Este flujo interactúa tanto con lo psíquico como con lo físico, unidos por un mismo movimiento vital. Una emoción desencadena fenómenos físicos, del mismo modo que las alteraciones del cuerpo van acompañadas de efectos psicológicos.

La Medicina Tradicional China (MTC) multiplica los puentes de esta naturaleza y sirve de base teórica para nuestra práctica del Shiatsu. En otras palabras, manipulamos un cuerpo pero buscamos un efecto general en la persona, para acercarla a un equilibrio energético beneficioso. Esto no es visible ni cuantificable, lo que puede molestar a algunos. Personalmente, me alegra constatar su efecto: la desaparición o mejora de los síntomas y la reconciliación de la materia y el espíritu.


El Shiatsu, técnica japonesa de presión manual sobre los meridianos y los puntos de acupuntura, acompaña eficazmente este paso del tener al ser.

  • El tacto como diálogo: Los practicantes no «reparamos» una pieza defectuosa. El masaje invita a quien lo recibe a retomar conciencia de sus zonas de vacío y de tensión.
  • Habitar plenamente el espacio interior: Por parte de quienes reciben el masaje, no se trata de una manipulación neutra; ustedes se reconectan con sensaciones profundas y vuelven a ser plenamente su cuerpo.

Muchos pacientes acuden a la consulta quejándose de fallos mecánicos más o menos graves y salen con la mente renovada. Pasar del «tener» al «ser» es reconocer que nuestra salud no es una simple ausencia de síntomas, sino una armonía global y una relación con la vida.

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